Decidí titular esta entrada así para no herir sensibilidades, dado que es un tema bastante controversial y que afecta a la mayoría, por no decir, a todas las familias. Son de mi propiedad y autoría estas opiniones.
No sé si les comenté que, antes que naciera Paula, estaba llena de prejuicios, pensaba tan diferente a cómo pienso hoy en día. De hecho, consideraba que los niños debían mantenerse ocupados y ser matriculados en cuanta actividad apareciera en cartelera. Ahora que Paula existe, y aprendiendo lo que ella me enseña -sí, ella a mí; no viceversa- pienso y estoy completamente segura que no debe ser así. Les explico mis razones.
Bastante tiempo permanecemos los adultos desde temprana edad en actividades de "aprendizaje" como para insistir en adelantar esta etapa. Cada día pretendemos que entre más temprano, mejor. No, discrepo. ¿Qué relevancia podría tener el que un niño de dos años sepa las vocales antes que un niño de tres? Ninguna. Sólo regocija el orgullo del papá, ya que este podría presumir que su inteligentísimo hijo ya conoce las vocales: las pronuncia y las identifica. Es para lo único que podría ser útil esta hazaña.
Debemos detenernos a pensar en qué le interesa al niño aprender. Qué es lo que verdaderamente le motiva. Probablemente, el niño tiene interés (y lo muestra, pese a nuestra insistencia) en conocer más acerca de los animales, no de las letras. E insistimos que aprenda a identificar la letra "A".
Otro aspecto que me lleva a pensar y a rechazar la idea de escolarizar a Paula más tempralo de lo que debería es que, según mi corta experiencia, los niños requieren cierta madurez emocional para algunas cosas, y entre ellas la escolarización. No es lo mismo la seguridad y la confianza emocional de un niño de dos años a la de un niño de tres, y menos a la de un niño de cinco. Es por ello que cada día notamos que, entre más jóvenes, más es su pesadumbre al dejarlos en una guardería o centro de aprendizaje.
Además, ¿no les llama la atención y no les parece aburrido, latoso y tedioso el hecho que desde pequeños nos obliguen a parecernos a los demás, aniquilando toda individualidad? ¿A qué me refiero? A que cuando vamos a la escuela, nos imponen la misma vestimenta: uniformámdonos; el mismo horario, las mismas asignaturas, los mismo evaluativos -tengamos diferentes destrezas o no-, los mismos maestros; todo del mismo modo. Es lo más parecido a un centro de adoctrinamiento más que a un centro de adiestramiento. Donde lo ideal podría ser, o mejor aún, lo más cercano a lo ideal sería que cada quien desarrollara sus habilidades y aptitudes de manera distinta. Que cada niño decidiera aprender lo que le llama su atención. ¿No sabían que los niños pueden elegir lo que les gusta? Sí, si pueden. Pero en el mundo real, somos los adultos los que eligimos por ellos, elegimos todo; les interese o no, les vaya a beneficiar o no.
Siempre he contado con opinólogos. Cerca de mí y de mi hija, abundan. Y no ha habido quienes hayan tardado en explicarme las razones -"las buenas razones"- de escolarizar a Paula a sus casi dos años. Una de ellas es que la ayudará a socializar. Estos opinólogos no saben que mi hija, cuando vamos a un restaurante, ella misma llama al mesonero y le pide agua: -Eñod, abua. También desconocen que mi hija adora ir a los parques y le encanta relacionarse con niños mayores que ella; supongo y comienzo a creer que es porque estos, teniendo más edad, cuentan con mayor iniciativa y para ella representa una oportunidad de aprendizaje, más que con niños de su misma edad... que hacen lo que ella haría. También desconocen que Paula no se siente intimidada por los adultos, ella se acerca a ellos y con su desinhibida lengua de trapo les busca conversación. ¿Entonces, opinólogos? Se equivocan; mi hija no necesita una escuela para socializar, ya ella a su corta edad sabe desenvolverse en su pequeña sociedad.
Otra de los adesgastados argumentos que alegan estos personajes que siempre tienen una respuesta para mis impugnaciones son que yo no le podría enseñar como lo hacen en la escuela, puesto que hoy en día los métodos son distintos a cuando yo estudiaba (cantacuentos, aprender jugando, etcétera). Lo que ellos no saben es que yo evito, por lo mismo que escribí anteriormente, enseñarle a Paula cosas que ella no quiera. Yo más bien invierto mi tiempo en jugar con ella, le ayudo a que desarrolle su imaginación. No dudo que eso lo haría en la escuela, pero no es distinto ni mejor a cómo lo hacemos juntas. Y estoy convencida que en casa es mucho mejor porque mientras jugamos le regalo a mi hija soporte para afianzar y fortalecer su autoestima, soporte para cuando tenga que enfrentarse a ese día que ¡llegará! sí, llegará. Tendrá que ir a la escuela, pero no en este momento. Este momento es para que juegue, juegue, juegue, juegue, juegue, juegue. Y ni siquiera es una tarea, porque lo hace si ella desea, de esa manera intento que desarrolle su autonomía e independencia.
El ojo del huracán lo encuentro en que hay padres que no tienen más remedio porque trabajan y no cuentan con nadie de confianza que cuide de sus hijos, en ese caso, si yo estuviera en su lugar, haría lo mismo. No los juzgo. Lo que rechazo categóricamente es que me impongan la idea de que mi hija estaría mejor en una escuela que en casa conmigo hasta que logre llegar a su madurez tanto física y emocional para enfrentarse a la imperiosa labor de aprender a juro lo que los otros quieran.
19 de diciembre de 2010
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me ha pasado exactamente lo mismo que a ti, y es terrible por que soy educadora de párvulos y estoy ena dicotomia y crisis por los roles diversos y antagonicos que cumplo.
ResponderEliminarEres chilena?
Hola, Daniela. No, soy venezolana. Gracias por tu lectura.
ResponderEliminarQué dilema debes vivir a diario siendo educadora pero sabes perfectamente que escolarizar por meor capricho es absurdo. Algunos padres deben hacerlo porque no cuentan con apoyo familiar ni de ningún tipo para que sus niños sean cuidados pero sé de otros casos que los inscriben desde temprano para que "aprendan" más temprano que tarde.
Saludos. Y sigue compartiendo tus experiencia con nosotros, tanto como educadora como mami.