La crianza no es un juego, ni dados lanzados al azar. Cuando crías, formas a un ser para batallar en un mundo caótico. Esfuérzate y házlo lo mejor posible.

Imagen: Susana D' Momo Maternidad








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23 de julio de 2011

¿Realmente piensas que me manipula?

Ojalá la persona a la que dirijo estas líneas pudiera leerlas. No porque quiera convencerla de nada y mucho menos brindarle explicaciones de mi actuar, sino para apelar a su buen sentido y evitar que siga repitiendo que los niños son tan malvados que manejan de forma "descabellada" la situación para conseguir lo que quieren, necesitan o anhelan.
Paula asiste a un lugar que para ella fue, durante tres meses, su lugar favorito, y digo que fue porque desde hace par de semanas manifiesta rechazo. Su actitud en primera instancia me alarmó, considerando la posibilidad que hubiese presenciado un episodio agobiante el que bloqueara sus deseos de querer asistir. Sin embargo, como mamá gallina que soy, indagué. Le pregunté a su maestra y me manifestó que de ninguna manera Paula había vivido un mal momento.

Les narraré la historia aunque al revivirla vuelvan a mí emociones encontradas como molestia, dolor, confusión y satisfacción. 
Ese primer jueves que manifestó no querer ir lloró cuando notó que yo no podría quedarme (no lo hice, porque nunca se me permitió, sin embargo, no hizo falta porque desde el primer día Paula se adaptó muy bien y no había llorado), no fue mucho, la verdad; hablé con ella, se calmó y quiso permanecer. El jueves siguiente el momento se tornó más intenso, cuando vio que nos acercábamos al lugar; comenzaron las quejas. Le pregunté si deseaba que nos fuéramos, su respuesta fue afirmativa. Al dar marcha atrás cambió de opinión (razón que me hizo pensar que quiere seguir yendo pero "algo" impide que se sienta cómoda). Cuando nos bajamos del carro, no se soltó de mi cuello, la maestra la recibió con un "¡Ay, no; no comencemos como la semana pasada" -primera bola, en el argot beisbolístico-, me aparté de la maestra y conversé con ella, me dijo que deseaba irse. La maestra, como era de esperarse comenzó a ejercer presión con frases como: "¡Debes dejarla, así comienzan!" -segunda bola- y cosas como: "¿Te está MANIPULANDO, debes irte, es parte del "proceso"(?) (el detonante) -tercera bola- por supuesto para mí ella no existía, sólo éramos Paula y yo, intentando enteder qué sucedía, por qué si hacía par de semanas anhelaba con tantas ganas ir a ese lugar ya no, de hecho, desde los lunes comenzaba a mencionarlo. Por último y como si fuera poca la presión para mi hija, la maestra la secuestró de mis brazos engañándola y diciéndole: Vente, vamos a buscar algo y te traigo para que te vayas con tu mamá -cuarta bola y se fue el jugador a primera base- por supuesto, me pareció lo más indignante ver cómo "la maestra" se llevaba a mi hija engañada, ¿y yo?, allí, sin hacer mucho; en un segundo analicé si era yo, si era Paula, si era el mundo, si era la Vinotinto (la selección de fútbol de mi país). A los escasos 2 minutos de haberme retirado del lugar, llamé a la maestra por teléfono y me informó que Paula jugaba de lo mejor; ¿de lo mejor?, ¿podría yo confiar en alguien que había engañado a mi hija con el pretexto más pueril que encontró?
No puedo explicar la sensación de vacío y de incertidumbre que sentí, quería que alguien me explicara qué pasaba, que alguien me orientara.
La semana siguiente, ese tan inesperado "jueves" Paula había amanecido con mal humor, angustiada; algo que sólo una madre puede percibir de su hijo. Lloraba mucho, estaba inquieta, le pregunté muchas veces qué sucedía y éste fue el diálogo que no olvidaré nunca y que quedó tatuado en mi ser para toda la vida, y es lo que me llevó a escribir esta anécdota:

Yo: Paula, ¿qué te pasa, hija; estás así por tu colegio? (así le llamamos en casa) ¿Es por qué no quieres ir?
Paula: Shi, mami (Recuerden que tiene 28 meses)
Yo: ¿No quieres ir a jugar con Kike y a bailar con la maestra Isa?
Paula: ¡¡¡No, mami!!! (con énfasis)
Yo: Pero, por qué?
Paula: Tiste, pod mami y papi
Yo: Te pones triste porque mami y papi no pueden quedarse contigo?
Paula: Shi, mami
Yo: Ok, hija; hagamos algo, yo no voy a llevarte hoy, pero tú me vas a avisar cuando te sientas lista para volver? Le vas a decir a mami cuándo quieres ir a jugar con Kike otra vez?
Paula: Shi, mami
Yo: Ok, mamita. Hoy te quedas en casa con mami haciendo galletas de chocolate.
Paula: mami, amo. (Yo sé, que lo que quiso decir fue: ¡mami, gracias!).

Después de esa conversación Paula cambió, me ayudó a hacer las galletas, se sentó en su sillita a simular que leía sus libros. Mami le quitó una montaña de presión de encima.
Por supuesto, no dudaba que la maestra preguntaría por la ausencia de Paula después de ese jueves de engaños y acusaciones de "manipulación". Cuando me llamó, esta fue mi respuesta:

Isabel, Paula no quiso ir, cuando le mencioné que la llevaría a su clase comenzó a llorar. Optamos entre las dos por permitirle vivir la crisis de apego por la que atraviesa y darle tiempo para que lo supere. No te preocupes, ella volverá, cuando se sienta segura lo hará. Esperenla. Y gracias por tu preocupación.
Claro, supongo que la mujer pensó en el daño irreparable que le estoy causando a Paula permitiéndole vivir esta etapa con tranquilidad, permitiéndole expresar sus sentimientos sin que estos sean reprochados ni que ella sea juzgada por ello, permitiéndole vivir su deseo de querer estar unos días sólo en casa con mami porque "es lo que desea", permitir que maneje la situación (manipulación) dejándose llevar por sus sentimientos y no por lo que le impone una maestra o su mamá, evitarle que la engañen vílmente para que reprima sus emociones. Sí, supongo que el daño es irreparable.

Con esto confirmo que sólo con confianza y entendiendo sus sentimientos, nuestros hijos podrán superar todos los obstáculos que se le presenten. Difiero de aquellos que piensan que forzándolos desde pequeños a vivir situaciones estresantes sólo para que logren independencia lograran salir fortalecidos, todo lo contrario; los anulamos y hacemos que crezca en ellos la indiferencia porque es lo que les enseñamos dejándolos a merced sin importarnos sus sentimientos (dejándolos llorar en sus cunas, cuartos, colegios, reprimiendo sus llantos, sus gritos, sus rabias, sus angustias con un "no te pongas así").
Ambas estamos contentas y tranquilas con la decisión tomada.

9 de enero de 2011

Educación integral




Un video realizado de Mónica de Felipe, Licenciada en derecho, terapeuta y experta en Comunicación por la Universidad de Granada; donde nos invita a reflexionar sobre la educación en los niños, una educación que debe ser reevolucionada, para permitir que la creatividad no se aniquilada por métodos pocos experimentativos.
Siempre he pensado que el Sistema de Educación en muchos países, en especial donde resido: Venezuela; debería  ser modificado. Parecen ser centros de adoctrinamiento y no de adiestramiento. No son caracterizados por ser centros de preparación para la vida, donde se fomenten valores, donde se incite al amor por la naturaleza, por los animales, por la lectura, por los ancianos. Son centros donde se imponen actividades académicas que muchas veces son inservibles para el mañana de los pequeños.
Invito a que disfruten de este bello mensaje y a su reflexión.

19 de diciembre de 2010

Mi opinión sobre la escolarización temprana

Decidí titular esta entrada así para no herir sensibilidades, dado que es un tema bastante controversial y que afecta a la mayoría, por no decir, a todas las familias. Son de mi propiedad y autoría estas opiniones.
No sé si les comenté que, antes que naciera Paula, estaba llena de prejuicios, pensaba tan diferente a cómo pienso hoy en día. De hecho, consideraba que los niños debían mantenerse ocupados y ser matriculados en cuanta actividad apareciera en cartelera. Ahora que Paula existe, y aprendiendo lo que ella me enseña -sí, ella a mí; no viceversa- pienso y estoy completamente segura que no debe ser así. Les explico mis razones. 
Bastante tiempo permanecemos los adultos desde temprana edad en actividades de "aprendizaje" como para insistir en adelantar esta etapa. Cada día pretendemos que entre más temprano, mejor. No, discrepo. ¿Qué relevancia podría tener el que un niño de dos años sepa las vocales antes que un niño de tres? Ninguna. Sólo regocija el orgullo del papá, ya que este podría presumir que su inteligentísimo hijo ya conoce las vocales: las pronuncia y las identifica. Es para lo único que podría ser útil esta hazaña.
Debemos detenernos a pensar en qué le interesa al niño aprender. Qué es lo que verdaderamente le motiva. Probablemente, el niño tiene interés (y lo muestra, pese a nuestra insistencia) en conocer más acerca de los animales, no de las letras. E insistimos que aprenda a identificar la letra "A". 
Otro aspecto que me lleva a pensar y a rechazar la idea de escolarizar a Paula más tempralo de lo que debería es que, según mi corta experiencia, los niños requieren cierta madurez emocional para algunas cosas, y entre ellas la escolarización. No es lo mismo la seguridad y la confianza emocional de un niño de dos años a la de un niño de tres, y menos a la de un niño de cinco. Es por ello que cada día notamos que, entre más jóvenes, más es su pesadumbre al dejarlos en una guardería o centro de aprendizaje. 

Además, ¿no les llama la atención y no les parece aburrido, latoso y tedioso el hecho que desde pequeños nos obliguen a parecernos a los demás, aniquilando toda individualidad? ¿A qué me refiero? A que cuando vamos a la escuela, nos imponen la misma vestimenta: uniformámdonos; el mismo horario, las mismas asignaturas, los mismo evaluativos -tengamos diferentes destrezas o no-, los mismos maestros; todo del mismo modo. Es lo más parecido a un centro de adoctrinamiento más que a un centro de adiestramiento. Donde lo ideal podría ser, o mejor aún, lo más cercano a lo ideal sería que cada quien desarrollara sus habilidades y aptitudes de manera distinta. Que cada niño decidiera aprender lo que le llama su atención. ¿No sabían que los niños pueden elegir lo que les gusta? Sí, si pueden. Pero en el mundo real, somos los adultos los que eligimos por ellos, elegimos todo; les interese o no, les vaya a beneficiar o no.

Siempre he contado con opinólogos. Cerca de mí  y de mi hija, abundan. Y no ha habido quienes hayan tardado en explicarme las razones -"las buenas razones"- de escolarizar a Paula a sus casi dos años. Una de ellas es que la ayudará a socializar. Estos opinólogos no saben que mi hija, cuando vamos a un restaurante, ella misma llama al mesonero y le pide agua: -Eñod, abua. También desconocen que mi hija adora ir a los parques y le encanta relacionarse con niños mayores que ella; supongo y comienzo a creer que es porque estos, teniendo más edad, cuentan con mayor iniciativa y para ella representa una oportunidad de aprendizaje, más que con niños de su misma edad... que hacen lo que ella haría. También desconocen que Paula no se siente intimidada por los adultos, ella se acerca a ellos y con su desinhibida lengua de trapo les busca conversación. ¿Entonces, opinólogos? Se equivocan; mi hija no necesita una escuela para socializar, ya ella a su corta edad sabe desenvolverse en su pequeña sociedad.
Otra de los adesgastados argumentos que alegan estos personajes que siempre tienen una respuesta para mis impugnaciones son que yo no le podría enseñar como lo hacen en la escuela, puesto que hoy en día los métodos son distintos a cuando yo estudiaba (cantacuentos, aprender jugando, etcétera). Lo que ellos no saben es que yo evito, por lo mismo que escribí anteriormente, enseñarle a Paula cosas que ella no quiera. Yo más bien invierto mi tiempo en jugar con ella, le ayudo a que desarrolle su imaginación. No dudo que eso lo haría en la escuela, pero no es distinto ni mejor a cómo lo hacemos juntas. Y estoy convencida que en casa es mucho mejor porque mientras jugamos le regalo a mi hija soporte para afianzar y fortalecer su autoestima, soporte para cuando tenga que enfrentarse a ese día que ¡llegará! sí, llegará. Tendrá que ir a la escuela, pero no en este momento. Este momento es para que juegue, juegue, juegue, juegue, juegue, juegue. Y ni siquiera es una tarea, porque lo hace si ella desea, de esa manera intento que desarrolle su autonomía e independencia.

El ojo del huracán lo encuentro en que hay padres que no tienen más remedio porque trabajan y no cuentan con nadie de confianza que cuide de sus hijos, en ese caso, si yo estuviera en su lugar, haría lo mismo. No los juzgo. Lo que rechazo categóricamente es que me impongan la idea de que mi hija estaría mejor en una escuela que en casa conmigo hasta que logre llegar a su madurez tanto física y emocional para enfrentarse a la imperiosa labor de aprender a juro lo que los otros quieran.